Crítica de 'El Hobbit: La desolación de Smaug': aventura a granel

Actualizado 12/12/2013 19:17:35 CET
El Hobbit: La desolación de Smaug
Foto: MARK POKORNY Ampliar foto

Por Natalia Costa

   La segunda entrega cinematográfica de 'El Hobbit', titulada 'La desolación de Smaug' (de Peter Jackson), es un desfiladero de simpáticos, temibles y horrorosos personajes en todo su esplendor, guiados por el tesón inconsciente de los enanos hacia aventuras imposibles, fieles a la voluntad del autor J.R.R. Tolkien.

   Aunque a priori a esta segunda entrega de la trilogía se la podría acusar de las debilidades que caracterizan a toda parte intermedia de una trama, como el decaimiento, su peso en oro son las altas dosis de fantasía y constantes hazañas que harán saltar de la butaca a los espectadores en más de una ocasión.

   Además, la cinta es capaz de hacer sonreír en muchas otros momentos de la mano de ataques arácnidos, huestes de orcos, afiladas ideas de los enanos y marcial lucha élfica, lo que mejora el dinamismo de la saga respecto a la primera parte 'El Hobbit: un viaje inesperado'.

   Toda la película se reduce, argumentalmente, a la persecución de los enanos por parte de los orcos para evitar que la Compañía, liderada por Thorin Escudo de Roble, recupere la Montaña Solitaria y el Reino Enano de Erbor.

   Pero lejos de ser solamente una carrera de fondo, todo ello está enmarcado en un mundo sobre el que se cierne la guerra en una conjura de la oscuridad, que intensifica la trama haciendo temer por la vida de los enanos, el hobbit y el mago Gandalf. La inminencia del caos mantiene en alerta al espectador durante todo el filme.

   Tras los prolegómenos de rigor que ponen al espectador en situación, la película se adentra rápidamente en la acción enfrentando a los indecisos enanos con Beorn, el cambiador de piel que, cual hombre lobo --o mejor dicho gigante-lobo--, ahuyenta primero y alberga después en su morada a la Compañía, a la que los orcos pisan los talones.

   Con una espectacular sonoridad que sale de los alveolos más profundos de Beorn, el filme avanza a lomos de los huargos salvajes y de la valentía de la Compañía, que se adentra en el mágico y maligno bosque de Mirkwood desatando una fantasía opiácea llena de confusión que satisfará a aquellos que busquen delirio en vena en la adaptación de 'El Hobbit'.

   Ecos, mareos y trampas visuales y sonoras se convierten en un festín para los sentidos del espectador, que pronto se sentirá presa de un organizado ataque arácnido en tres dimensiones. Es en este punto donde los efectos visuales son más espectaculares, llegando a atrapar a los espectadores en las mortales trampas de arañas gigantes.

   Después de este episodio, los Elfos silvanos toman el relevo aprisionando a la Compañía, que logrará salir adelante con auténtica ingeniería 'hobbit' que, además de ser totalmente imaginativa, regala imágenes divertidas que colmarán las mayores expectativas.

   Aunque a estas alturas de la película las cotas de fantasía están más que cubiertas, la persecución orca continúa con paisajes impresionantes llenos de niebla hasta la bellísima Ciudad del Lago, alcanzando nuevamente altos niveles fotográficos y con soluciones llenas de ingenio que mantendrán en todo momento el interés en alto.

   A las puertas de la Montaña Solitaria, cuando todo parece estar a punto de resolverse, el clímax de la película decae totalmente para alcanzar, en su largo tramo final, una intensidad insospechada de la mano del dragón Smaug, muy bien conseguido y con una voz personal muy bien hallada: hacía años que el cine no recreaba tan bien a esta bestia.

   Jackson construye un mundo con aire medieval, lleno de piedra, de oro líquido y de hierro que saciará sobradamente todas las expectativas de los fans. Y deja un buenísimo sabor de boca para terminar. El film, además, abona el terreno para la parte final (cuyo estreno está previsto para dentro de un año).