Toneladas de furia, agresividad y metal en el nuevo disco de Metallica: Hardwired... to self-destruct

Actualizado 19/11/2016 11:28:53 CET
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MADRID, 19 Nov. (EDIZIONES - David Gallardo) -

Ocurre siempre cuando una banda lleva más de media vida en activo, haciendo canciones, empaquetando discos. Al final, por mucho que lo intenten, inevitablemente terminan involuntariamente autoplagiándose, sonando a sí mismos. Y, de alguna manera, con cada nueva entrega el juego está en encontrar esas comparaciones, esos guiños, esas señales.

Metallica acumulan ya 35 años de andadura desde que el vocalista y guitarrista James Hetfield (1963) y el batería Lars Ulrich (1963) se pusieran manos a la obra en California. A ellos se unieron el guitarrista Dave Mustaine (al frente de Megadeth desde su expulsión en 1983) y el bajista Cliff Burton (fallecido en accidente del bus de gira en 1986).

Tras la salida de Mustaine llegó el guitarrista Kirk Hammett (1962) y tras la muerte de Burton ficharon a Jason Newsted, en el grupo hasta que decidió dejarlo y fue reemplazado en 2003 por Robert Trujillo (1964). Pues bien, con esta alineación de cincuentones integrada por Hetfield, Ulrich, Hammett y Trujillo acaba de llegar su décimo álbum. Y es un huracán.

Como los colosos del rock y titanes del metal que son desde finales de los ochenta, esta nueva entrega se esperaba con ansia. Más aún si tenemos en cuenta que los fans han tenido que esperar ocho largos años, tiempo transcurrido desde aquel 'Death Magnetic' de 2008. El personal tenía ganas de Metallica y aquí no hay una taza, ni dos. Hay toda una vajilla completa para destruir contra las paredes.

Porque 'Hardwired... to self-destruct', que así se titula el artefacto, es una tormenta perfecta de rock, metal y thrash. Es, básicamente, lo que cabe esperar de Metallica a estas alturas de su película, con una docena de canciones agresivas, furiosas, estruendosas, avasalladoras, con punzadas certeras y largos desarrollos instrumentales.

MUCHA CAÑA BRUTA

Mucha caña bruta, caramba, con momentos ciertamente inspirados y otros un tanto más enmarañados, pero dan como resultado un álbum de, como poco, notable alto. Sin devaneos estilísticos, sin mirar a nadie, Metallica son ahora más Metallica que nunca. Puede que sean, de hecho tan Metallica como cuando escalaban hacia la cumbra con 'Kill 'em all' (1983), 'Ride the lightning' (1984), 'Muster of Puppets' (1986) y '...And Justice for All' (1988).

El camino ha sido largo e intrincado, con momentos de gran éxito como su 'Black Album' de 1991 y sus 30 millones de copias vendidas. Pero después trataron de abrirse al grunge y al rock alternativo en 'Load' y 'Reload' en los noventa y fracasaron cuando trataron de reencontrarse en 2003 en 'St. Anger', un álbum que casi les cuesta la ruptura. Pero 'Death Magnetic' les puso en la vereda que ahora refrendan.

Es importante recordar la senda transitada por la banda en estos 35 años porque, con sus aciertos y sus errores, es la que les ha traído hasta noviembre de 2016, cableados para la autodestrucción y presentando un trabajo consistente que se abre a cañonazos con esa 'Hardwired' de galope miliciano, militarista y casi diríase que anexionista. Tres minutos de thrash de la vieja escuela con sonido del siglo XXI y una producción perpetrada para volarte la cabeza.

El aceleradísimo pulso se mantiene en 'Atlas, Rise!', tema más extenso que ya nos introduce oficialmente en el meollo con opulentos riffs de guitarra, enrevesados desarrollos instrumentales y mucha furia a duras penas enlatada. El vuelo prosigue ganando altura con un 'Now that we're dead' con guitarras machaconas que nos pone ya a velocidad de crucero con un gran solo de Hammett.

'Moth into flame' suena a clásico con una base rítmica pétrea y unas guitarras que pesan toneladas pero resbalan sin tocar el suelo, mientras que 'Dream no more' puede pasar perfectamente como secuela de 'Sad but true'. 'Halo on fire', por su parte, parece ser ese lugar más melódico al que quisieron llegar en el segundo lustro de los noventa con 'Load' y 'Reload' y que nunca divisaron... pero ahora sí.

DISCO DOBLE

'Confusion' abre el segundo disco con sus aires a lo 'Creeping death' y 'Harvester of sorrow' mientras sientes cómo las paredes que te rodean comienzan a estrecharse hasta dejarte sin salida. En esa situación extrema te encuentras cuando incluso 'Wherever I may roam' viene a tu cabeza súbitamente. Todo eso junto.

Sin descanso, 'ManUNkind' cuenta con una introducción entre bajo y guitarra que recuerda lejanamente a 'Orion', pero no tarda la maquinaria en ponerse en marcha recordando de nuevo a la etapa noventera de rock alternativo, aunque con más pegada y, seguramente también, más honestidad.

'Here comes revenge' son siete minutos de guitarrazos salvajes y vengativos por todas partes, como si una vez cumplidos los cincuenta hubieran soltado todas sus mierdas sin más. Cambios de ritmo desde la más inquietante densidad hasta esa guitarra de Hammett abriendo imposibles espacios de luz para dar pie a uno de los pocos 'estribillos' (más o menos, pues es más un grito de guerra) del disco: "La venganza me está matando, me está liberando. Tú pides perdón yo te doy dulce venganza".

Los altavoces vuelven a temblar suplicando piedad con las guitarras robustas de 'Am I savage?', un tema que, en cualquier caso, es lo más lineales y se termina haciendo largo con su atmósfera tenebrosa. 'Murder one' es un solemne tributo a Lemmy Kilmister de Motörhead pero también es continuísta y su densidad termina ahogando ligeramente este tramo del disco, cuando nos acercamos al final de sus ochenta minutos.

Y entonces, aunque parece que ya está todo dicho y solo queda esperar al silencio, es cuando brota la traca final con ese 'Spit out the bone' que tiende puentes con canciones primitivas como 'Whiplash' (realmente parece que hay que berrear aquello de "You're thrashing all around acting like a maniac"), 'Motorbreath' y 'Metal militia'.

NOTABLE ALTO

Un sangrante ejercicio de estilo para terminar y que deja al álbum en un punto idóneo para que el oyente sienta la tentación de pulsar el botón de 'repeat', precisamente para seguir jugando a buscar y encontrar esas comparaciones, esos guiños, esas señales. Que no son copias, porque son lugares diferentes, pero forzosamente ejercen como referencias a las que aferrarse.

En definitiva, un disco de notable alto en el que no hay concesiones a ningún tipo de comercialidad, no hay estribillo para corear, no hay nada que no sean los Metallica de 2016 en estado puro reivindicándose por gusto ante los suyos. Dejándose la piel y seguramente agravando algún que otro problema auditivo de los que ya padecen.

Dando así como fruto un álbum que incluso deja exhausto al oyente después de una plácida escucha en su totalidad. Sorpresas las justitas, pero un sonido hercúleo para unas composiciones igualmente robustas y directas. Y con un último verso igualmente sentencioso: "Long live machine, our future supreme, your man overthrown. Spit out the bone, yeah!".